La psicóloga y psicoanalista afincada en Nueva York Dra. Natalie R. Cohen decidió hacerse un gran tatuaje en la espalda pasados los cincuenta. Una pantera negra y tres peonías, creadas por el tatuador Bryan Gee a lo largo de tres sesiones que sumaron dieciocho horas, se convirtieron para ella en un símbolo profundamente personal: un intento de recuperar el derecho a tomar decisiones sobre su propio cuerpo después de haber sufrido violencia médica y sexual.

Pero esta historia resultó ser mucho más compleja que el simple hecho de hacerse un tatuaje con un significado personal. El dolor físico, las dudas, la necesidad de confiar en otra persona y la singular intimidad que surge entre el tatuador y el cliente llevaron a Natalie a replantearse sus límites y la relación con su cuerpo.

Más tarde, una fotografía de su espalda tomada por el prestigioso fotógrafo neoyorquino Beowulf Sheehan se convirtió en la portada de sus memorias, Radical Return: Reclaiming My Body Through Coffee, Drugs, Dance, and Psychoanalysis, publicadas en octubre de 2026.

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Por Natalie R. Cohen

El primer tatuaje que me hizo Bryan Gee debía resolver un pequeño problema. Quería que colocara una rosa sobre una margarita corriente que tenía en el cuerpo: un modesto cover-up, nada más. Pensé que ahí acabaría todo. No podía imaginar que, un año después, tras una experiencia con ayahuasca, este mismo artista tatuaría toda mi espalda con una representación visual más amplia de la liberación psíquica, capaz de transformar la violencia del pasado y crear una barrera protectora. Un diseño que llevaba dentro y que pedía a gritos salir; una armadura de tinta con la que recuperaba mi cuerpo y que me protegía mientras denunciaba la violencia sexual. Completarlo exigiría dieciocho horas y tres sesiones. Aquel tatuaje terminó convirtiéndose en la portada de mis memorias, Radical Return: Reclaiming My Body Through Coffee, Drugs, Dance, and Psychoanalysis.

La preparación para tatuarme la espalda comenzó en cuanto empecé a seguir a Bryan en Instagram, del mismo modo que la preparación para mi experiencia con ayahuasca empezó en el momento en que pensé en aquella infusión y asistí a un círculo de meditación.

Me puse en contacto con Bryan para explicarle mi idea: varias peonías que simbolizaran la belleza de la vida al desplegarse y transformaran la culpa y la ira en perdón y autocompasión, descendiendo en cascada por mi espalda, en forma de S, hasta llegar al tatuaje de la rosa que él había creado como cover-up. Sobre mi hombro derecho reposaría una pantera negra, serena y feroz, mirando hacia fuera.

«Ella me guarda las espaldas», le dije.

«Brutal», respondió, y confirmó que la pieza requeriría al menos dos sesiones, si no tres.

Cuando un tatuaje se convierte en la portada de unas memorias - image 1

Natalie R. Cohen durante una sesión de tatuaje con Bryan Gee

Por un momento me abrumó el compromiso de tiempo, dinero y dolor que aquello suponía. ¿Aceptaría de buen grado volver a pasar dieciocho horas tumbada en su camilla, descubriendo los vídeos musicales de Mac Miller al ritmo sincopado de la máquina de tatuar?

La primera vez que nos vimos, Bryan era más joven de lo que esperaba. Calculé que podría ser su madre.

«Qué va», dijo. «Mi madre tiene cincuenta años».

«Le llevo seis años», respondí entre risas.

Durante el cover-up de la rosa, estuvo cuatro horas inclinado sobre mi trasero, pinchándome con suavidad y constancia, y limpiando con esmero cada diez pinchazos con una solución antiséptica. 

Se había creado una extraña intimidad al poner en sus manos mi cuerpo y mi confianza.

Cuando acepté hacerme el segundo tatuaje, asumí la ilusión de que una versión más reciente de mí misma reemplazaría a la anterior. Esperaba que la experiencia me hiciera más consciente de mis límites y, al mismo tiempo, despertara en mí una sensación de trascendencia. Quizá la abundancia de vasopresina me llevara a un estado de conciencia no ordinario. Quizá mi cuerpo me hablara.

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Tatuaje en la espalda de Natalie R. Cohen, realizado por Bryan Gee

Volví a cruzar la verja azul y a subir las escaleras hasta su apartamento, sintiéndome desconcertada. Mientras comíamos unos boles de Chipotle sentados en el sofá, él dibujaba mi pantera y calculaba el tamaño de las peonías; entonces, una extraña sensación de estar volviendo a casa recorrió todo mi cuerpo. Se puso sus guantes negros, al parecer de ese color para disimular los restos de sangre y el exceso de tinta.

Los grills dorados de Mac en la televisión me deslumbraban, mientras mis oídos se acostumbraban al rap universitario con tintes de jazz. También pasé el tiempo con mis EarPods puestos, escuchando durante cinco horas el audiolibro Estrategia emergente: dar forma al cambio, cambiar mundos, de adrienne maree brown, y respirando conscientemente mientras las punzadas de dolor me atravesaban el cuerpo. Bebí mucha agua con electrolitos de mango y melocotón e hice menos pausas de las que había pensado que necesitaría. Terminó la cabeza de la pantera, delineó en rojo las dos peonías y sombreó sus hojas.

«No está tan mal», dije con alegría. «Puedo con esto».

Bryan sonrió y dijo en voz baja: «Todavía no hemos sombreado».

Percibí el tono inquietante de sus palabras y decidí no pedirle que se explicara. Cuando salí del apartamento, estaba absorto en su teléfono, y mis palabras quedaron flotando mientras cerraba la puerta tras de mí: «Nos vemos dentro de dos semanas».

El dolor que había soportado era una forma simbólica de tomar el control de mi propia carne, de elegir exactamente dónde y cómo penetrarían mi piel.

Las dos semanas que faltaban para la siguiente sesión también pusieron a prueba mi fortaleza y demostraron que estaba sanando.

Demasiado confiada en mi capacidad para alterar la barrera de mi cuerpo y dominar el dolor de las agujas, llegué a la segunda sesión de tatuaje bien hidratada, pero con hambre. Sin embargo, no estaba preparada para la intensidad del dolor desde el primer momento.

Con la cautela de un gato escaldado, me acomodé en la camilla con una sudadera con cremallera puesta al revés para sentirme algo cubierta y los EarPods puestos para terminar lo que me quedaba de Estrategia emergente. El objetivo de la sesión era sombrear con color ambas peonías, añadir algunas hojas y delinear la tercera peonía en la parte inferior del oblicuo izquierdo, con hojas que descendieran en cascada por el lateral de mi espalda.

Pero, joder, que la máquina pasara una y otra vez por el mismo punto con una aguja de tatuar más gruesa para depositar distintos tonos de rosa resultó insoportable desde el primer instante. Me recordó a la punzada aguda que sentí décadas atrás, durante un tratamiento de fertilidad, cuando el tinte ascendió por mis trompas de Falopio–pero aquello había terminado al cabo de cinco minutos. Esto no era un suave arañazo de gato ni un pinchazo de aguja que pudiera sobrellevar respirando, como en mis dos sesiones de tatuaje anteriores.

Durante las seis horas siguientes, mi cuerpo pasó de sudar profusamente a tiritar de frío por el miedo y a sentir mareos; luego empecé a contar los pinchazos de la aguja, sabiendo que habría una pausa para limpiar la sangre. Esa pausa era mi salvación. Bryan empezaba a resfriarse, así que conté las veces que sorbía por la nariz como ejercicio de atención plena.

Llegó un momento en que la violencia que estaba sufriendo mi piel resultó abrumadora. 

Durante la última hora grité y gemí, diciendo: «Al principio de la sesión me caías bien, pero ahora te odio, joder».

Bryan sonrió y dijo: «Sí, eso me lo dicen mucho».

Las numerosas pausas para ir al baño me ofrecieron breves respiros indoloros en los que podía mirarme al espejo. Contemplaba cómo avanzaba el tatuaje y volvía a enamorarme de él. El lema «sin dolor no hay recompensa» adquirió un significado totalmente nuevo y me impulsó a entregarme de nuevo.

Durante la última hora, estuve sentada y temblando en una silla para que pudiera volver a sombrear de verde las hojas del hombro. Añadió reflejos blancos y amarillos entre el pistilo, la antera, el filamento y el estambre de las flores. Por fin había terminado. Esperé los quince minutos de rigor para que bajara la hinchazón y aguardé con impaciencia el ritual final: el aerosol antiséptico, Aquaphor, Saran Wrap y su distante despedida, tras la cual saldría por la puerta rumbo a casa.

Pero vi que estaba dibujando un boceto.

«¿En qué estás trabajando?», pregunté, todavía temblando.

«En la tercera flor para tu espalda», respondió sin mirarme.

Por alguna razón absurda, la voz de Frank Booth en Terciopelo azul gritó en mi cabeza: «¿Heineken? ¡A la mierda esa porquería! ¡Pabst Blue Ribbon!» Otra voz conocida, la que me gritaba en los momentos de inquietud antes de que me entregara a un viaje psicodélico, se hizo oír: «No vas a volver a tatuarte nunca».

Estas dos voces eran viejas amigas; su mensaje pasó por el filtro de la edad adulta y dije: «Mi cuerpo no aguanta otro pinchazo hoy. Se acabó».

«No pasa nada», dijo Bryan. Cogió el teléfono y empezó a deslizar la pantalla.

Avancé tambaleándome por Williamsburg mientras reflexionaba sobre la intensa activación somática de aquella sesión. Era como si mi cuerpo hubiera pasado de una zona microclimática a otra–calor, frío, tormenta, calma, sol, oscuridad–en el transcurso de una sola tarde.

En casa, me di una ducha caliente evitando mojarme la espalda maltrecha y me senté a comer algo cuando, de repente, la cara, las orejas y la parte superior de los brazos empezaron a arderme y adquirieron un intenso color rojo. Parecía que tenía quemaduras de segundo grado. El pánico se apoderó de mí. Estaba a punto de ir a urgencias cuando una amiga, especialista en prácticas somáticas, me aconsejó que tomara Tylenol y esperara una hora. Veinte minutos después, mi piel había vuelto a la normalidad.

Avergonzada y con sumo cuidado, me metí en la cama y me acomodé sobre el lado derecho. Mientras me quedaba dormida viendo la televisión en el teléfono, pensé que la tercera flor no era necesaria. El tatuaje ya era una obra de arte magnífica que encarnaba a una protectora capaz de controlar las miradas ajenas. Cicatrizó de maravilla y, por el momento, parecía completo.

Pasaron las semanas y, pese a la tortura que había supuesto, sentía una necesidad insistente de completar el trío de plantas perennes que buscan el sol. Tres meses después de aquella insoportable segunda sesión, subí hasta la puerta azul armada con una docena de tubos de lidocaína turca al 5 por ciento, de venta libre, que me habían regalado; el estómago lleno; la primera temporada de Centaurworld descargada en el teléfono; y, por supuesto, mi respiración.

El valor, la resistencia y la determinación me llevaron de nuevo hasta la camilla de Bryan. Decidí prescindir del gel anestésico, pues creía que, de algún modo, el dolor era una variable crucial para dotar de significado a aquella imagen cambiante que simbolizaba el control sobre mis propias historias.

En esta sesión abordé el dolor con reverencia, recurriendo a un patrón de respiración eficaz y procurando relacionarme con la sensación de manera equilibrada. Me entregué con suavidad y calma, y viví la experiencia plenamente presente. Permanecí junto al dolor, ni demasiado lejos ni demasiado cerca.

Bueno, ¿a quién pretendo engañar con esta narración reelaborada, disociada y mágica?

A la tercera hora ya no podía mantener el dolor a distancia y supliqué que probáramos la lidocaína turca. Bryan me la untó generosamente y envolvió en Saran Wrap la parte baja de mi espalda ensangrentada. Esperamos.

Tal vez fuera por la zona de mi cuerpo, el mayor tamaño de los pétalos o la extensión que había que cubrir con sombreado, pero aquella oleada de dolor era insoportable. Lo único peor habría sido marcharme con un tatuaje a medio terminar como recordatorio de mi retirada.

De algún modo, una nueva dosis de confianza y esperanza, junto con una chispa de entusiasmo ante la posibilidad de terminar, me impulsó a volver a la camilla. Era mi oportunidad de dar por fin el salto desde aquel trampolín alto del que no me atrevía a lanzarme de niña. Oí cómo la máquina de tatuar se ponía en marcha y tocaba el borde de mi piel, y mi inconsciente intentó jugar con la sensación.

La promesa de la crema turca de bloquear las señales nerviosas y estabilizar las membranas neuronales quedó en nada. Ese dolor no se parecía a nada que mi cuerpo hubiera sentido conscientemente. No tuve más remedio que hacer muecas, tensarme y tararear durante las dos horas siguientes. Tararear desviaba mi atención de cada punzada cuando penetraban las agujas. Generé estímulos sensoriales en otra parte y utilicé mi voz.

El tatuaje detrás del regreso radical de Natalie R. Cohen

Tatuaje en la espalda de Natalie R. Cohen realizado por Bryan Gee

Ahora llevo un tatuaje que no puedo ver, pero sé que me adorna con belleza y valentía, encarnadas en un felino y unas flores.

Este tatuaje no puede protegerme de que vuelvan a hacerme daño. Hace algo más sutil. Me recuerda que mi cuerpo no es solo un registro de lo que le han hecho. También es un lugar donde puedo imaginar, elegir, crear y cambiar de opinión.

La pantera me cubre las espaldas. Las peonías siguen abriéndose. Y yo sigo aprendiendo a vivir en el cuerpo que hay debajo.

Fragmento de Radical Return: Reclaiming My Body Through Coffee, Drugs, Dance, and Psychoanalysis, de Natalie R. Cohen. Reproducido con permiso.


Nota de la editora

Este ensayo es una adaptación del capítulo Bienvenida a casa de las memorias de la Dra. Natalie R. Cohen, Radical Return: Reclaiming My Body Through Coffee, Drugs, Dance, and Psychoanalysis (Rootstock Publishing, 2026). Narra la experiencia personal de la autora y se publica sin modificar sus palabras. Aborda la violencia médica y sexual y describe reacciones físicas individuales durante y después del proceso de tatuarse. Estas experiencias no deben considerarse universales ni tomarse como consejo médico.

Sobre la autora

Natalie R. Cohen

La Dra. Natalie R. Cohen es psicóloga, psicoanalista y terapeuta especializada en terapia asistida con psicodélicos en la ciudad de Nueva York. Cuenta con certificaciones de posgrado en terapia asistida con ketamina y psilocibina, además de formación en MDMA impartida por MAPS. La Dra. Cohen vive con su pareja, su hija preadolescente y el cachorro de la familia. Fuera de la consulta, es habitual encontrarla bailando descalza, nadando, boxeando, practicando yoga o caminando junto al embalse de Central Park, mientras imagina en silencio qué significa vivir plenamente, tanto en esta dimensión como más allá. Radical Return: Reclaiming My Body Through Coffee, Drugs, Dance, and Psychoanalysis es su primer libro.